Los soníus del estremeñu

Es común pensar en los distintos idiomas de un territorio como una sucesión de bloques perfectamente homogéneos, pero lo cierto es que las lenguas y las culturas a menudo no respetan las fronteras administrativas.

Las lenguas de la Península Ibérica -exceptuando el vasco- forman un continuo dialectal compuesto de diferentes hablas desgajadas del latín, cada una con una serie de elementos que las dotan de su propia naturaleza y las distingue o asemeja a las de al lado. Esta semejanza entre unas y otras es la causa de no pocas disputas en la filiación de las hablas fronterizas como el estremeñu.

Sabemos que antes de la conquista cristiana, en el territorio de la actual Comunidad Autónoma de Extremadura -y en todo al-Ándalus-, el pueblo se comunicaba en un grupo de hablas hoy desaparecidas y conocidas en su conjunto como mozárabe o romance andalusí. La conquista cambió el paisaje cultural del territorio y trajo consigo la lengua de los colonos y conquistadores de los reinos del norte. Las hablas leonesas cambiarían la lengua de lo que ya empezaba a ser Estremaúra sobre todo a nivel fonético, pues se ha conservado gran parte del léxico que seguimos compartiendo con los vecinos portugueses del Alentejo.

alenteju-campu
Campu alentejanu

Los rasgos propios del extremeño lo ponen en relación con las hablas orientales de Asturias  -asturiano o bable- y con las de Cantabria -cántabro o montañés-, y en general con todas las del occidente peninsular, incluyendo las gallegoportuguesas y las asturleonesas del oeste y el centro del dominio. Existen también concomitancias con las hablas castellanas y andaluzas occidentales. Lo que hoy llamamos extremeño no es ni más ni menos que el vestigio meridional de una familia de hablas antaño extendida desde la costa cantábrica hasta Andalucía Occidental, y situadas lingüísticamente entre los dominios gallegoportugués y castellano. Algunos de los rasgos fonéticos del extremeño son:

La aspiración de la f- latina: decimos harina, huerça, haniega y hincal, pronunciando la hache (también fariña y fanega). Este rasgo no es tan general en asturleonés central y occidental, que tiende a mantener la f-: farina ~ fariña, fuercia, faniega y fincar. En castellano solo se mantiene este sonido asimilado al de la jota fuerte en palabras jergales como joder (< hoder < foder) o jarto (< harto < farto).

La conservación de la zeta y la ese sonora medievales. Estas gozan de más salud en el norte, conservándose en la Media y la Baja Extremadura en posición intervocálica o en algunas palabras aisladas (como azacán o barzón). La zeta sonora se pronuncia como una de algo rehilada (como th en inglés en the, this o there: zagal, azituna, hazel). Así pues, podemos decir que en extremeño tenemos dos zetas, la zeta sonora (z) y la ce con cedilla (ç).

La ese sonora es semejante a la portuguesa o la catalana en la misma posición, como un zumbido (esquerosu, riosu, quesu). Existen también hablas ceceantes como el chinato, que carecen del sonido ese (cazal-ci, çabel y quezu en vez de casal-si, sabel y quesu); y seseantes como el fontanés o algunas hablas rayanas, que carecen del sonido zeta (hasel, serral y tossinu en vez de hazel, cerral y tocinu).

También tenemos dos tipos de ese: una sorda pronunciada como en castellano (s- inicial y -ss- entre vocales: siempri y assal) y otra sonora (entre vocales -s-, o a final de palabra ante la vocal de la siguiente: casu, los ojus). También aparece la ese sonora

La aspiración sonora de los sonidos de la jota, la ge y la equis tardomedievales: xabón, general, aju. La realización de esta aspiración es distinta a la de hazel, ya que suena menos áspera y se emplean las cuerdas vocales para su articulación. Este sonido se da en cántabru y se dio en castellano, evolucionando después en Castilla al moderno sonido gutural.

La diptongación creciente de la e y la o breves latinas. En extremeño decimos güevu, güessu, puerta, puercu, piera i gielu (del latín: ovum, ossum, portam, porcum, petram y gelum). Este rasgo lo compartimos con el castellano, el cántabro y todas las hablas asturleonesas; y diferencia nuestra lengua del portugués y el gallego (ovo, osso, porta, porco, pedra y gelo). Esta diptongación está ausente del sufijo -encia (concencia, cencia, pacencia, audencia, obedencia…) y de la conjugación de verbos como golel, desollal, colal o roal (goli, desolla, cola, roa), en castellano oler, desollar, colar y rodar.

La evolución del grupo latino -ct- a -ch-. Se dice derechu, techu y lechi, como ocurre en castellano, cántabro y asturiano central. En portugués, direito, teito y leite; dreitu, teitu y ḷḷeite en leonés occidental.

– La transformación de la -d- en -l- en las palabras con el prefijo latino ad-: almitil, alquiril, almiral, etc. Es un rasgo muy presente en asturleonés y ausente en castellano moderno, que prefiere la solución en -d-: admitir, adquirir, admirar y administrar.

El vocalismo. Las vocales en extremeño han evolucionado de manera bastante diferente a como lo han hecho en castellano común. Nuestra lengua conserva la apertura medieval de las vocales en la primera o segunda sílaba en voces como coltura, escoltura, acostodial, previlegiu, essestil, decedil y tantas otras (cultura, escultura/cultura, custodiar, privilegio, existir, decidir). También es norma el cierre de las vocales, presente con distintas manifestaciones en todas las hablas de adscripción leonesa con desigual distribución, en voces como huerti, passu, tientu o Xerti.

A estos rasgos fonéticos hay que sumar la metafonía en palabras como siguil, izil, ossíginu, sigún, númiru, rivista, pulicía, purtugués y culuna (seguir, decir, oxígeno, según, número, revista, policía, portugués y columna); o la reinterpretación de varios grupos cultos en voces como Uropa, Ugeniu, giografía ~ jografía, riación ~ ración, inreal y arquiología (Europa, Eugenio, geografía, reacción, irreal y arqueología).

La epéntesis de iod antihiática. Es decir, la aparición del sonido ye entre dos vocales que de otro modo formarían un hiato: creyencia, criyenti, riyil-si, ahuyil (creencia, cliente, reírse y huir). Este rasgo está ausente en portugués y gallego, pero existe en castellano en menor medida y en asturleonés en igual o mayor grado.

La conservación del grupo -mb-:  el asturleonés y el cántabro suelen tener soluciones semejantes a voces extremeñas como lambel, lambuzu ~ lambruziu, lomba, camba o ambelga; en castellano lamer, glotón o adulador, loma, cama (del arado) y amelga.

El betacismo de la nasal bilabial inicial. Dicho de otro modo: el cambio de la eme por la be en palabras como biembru, bembrillu, bondongu, bimbri o bayonesa (en castellano, miembro, membrillo, mondongo, mimbre y mayonesa). Está presente también en asturleonés.

– El rotacismo en los grupos latinos -pl-, -bl-, -fl-, -cl-: aunque este rasgo tiene una distribución y una intensidad desigual en las lenguas occidentales, es muy corriente en todo el oeste ibérico. En estremeñu general, praça, froxu, encruil o brancu. Plaza, flojo, incluir y blanco en castellano.

Se da también lo inverso, la conversión de -r- en -l- en algunas palabras como plau, reflán, complal o cocleta (prado, refrán, comprar y croqueta).

– La conversión en -s de la -z y la medievales a final de palabra (en castellano moderno, casi siempre -z): raís ~ reís, codornís, arrós, perdís, relós, lus (raíz, codorniz, arroz, perdiz, reloj, luz). La -s final puede aspirarse o pronunciarse, según el grado de aspiración de cada habla y dependiendo de su posición en la oración. Es un sonido presente en algunas otras falas asturleonesas, en el gallego seseante y en portugués.

El ceceo de la s- inicial: çachu, cenderu, çumieru, çajal o çahumeriu (a veces alternadas con las formas en s-); en castellano sacho, sendero, sumidero, sajar y sahumerio.

– La acusada pérdida de la -d- intervocálica. Más intensa que en las hablas asturleonesas y andaluzas: decimos caçaol, apontaol, roal y bebeeru; cazador, apuntador, rodar y bebedero en castellano.

La aparición de una -n o una -l de apoyo en palabras agudas acabadas en vocal: robón javalín, maniquín, flin, charaíl, bidel (robot, jabalí, maniquí, pulverizador, jaraíz, bidé). Este rasgo también está presente en las hablas andaluzas.

La pronunciación velar de la –n final; como en gallego, asturleonés y andaluz. A diferencia del castellano, que suele articular una -n alveolar en esa posición, en extremeño esa consonante se realiza como nasal velar (-ng) en palabras como rincón, custión y abrición.

La nasalización de las vocales en contacto con -n. Además de la pronunciación velar de la -n, puede darse también la fusión de este sonido con la vocal anterior: rincón (rincõ), custión (custiõ), abrición (abriciõ). Es también frecuente ante aspiración: *çãja,*ãgi,*narãja (çanja, angi, naranja).

La pérdida de la consonante final en palabras no agudas: carci, tuni, vitu y arvu (en plural: carcis, tunis, vitus y arvus; aunque también cárcelis, túnelis, vítoris y árvolis). Este fenómeno no se da tanto en el habla tradicional de la provincia de Salamanca: cárcel, túnel, vítor, y árvol. En castellano, cárcel, túnel, vítor y árbol.

– La evolución de -ne- y -ni- a -ñ- en muchos casos: línea, colonia o testimonio se dicen en extremeño liña, coloña y testimoñu. También mediterraniu o espontaniu en lugar de mediterráneo y espontáneo (como ocurre también en castellano popular).

– Simplificación de los grupos cultos -ct-, -pt-, -pc- y -cc-: perfecto, correcto, reptil, captar, adoptar, egipcio, acción y producción son en extremeño perfetu ~ pirhetu, corretu, arretil, (a)catal, adotal, egiciu, ación y produción. Cuando se mantienen estos grupos por ser préstamos cultos modernos, se aspira la consonante ante la te: tractol, ectaria y coptu se pronuncian como *trahtol, *ehtaria y *cohtu.

Además de estos sonidos comunes, compartimos con portugueses, gallegos, asturianos, leoneses y cántabros muchas palabras que solo se dan en el occidente y el noroeste peninsular tales como coruja, regatu, fechal, falal, alguién… (lechuza, riachuelo, cerrar, hablar y alguien en castellano; en portugués coruja, regato, fechar, falar y alguém); o el uso del antiguo sufijo inu/a, convertido en -inho/-a en gallego o portugués y en -ín/-a en asturiano, leonés y castellano del norte (en latín -inum, en romance temprano -inu). En extremeño, gatinu, viejinu, cochinu. Cabe señalar que las coincidencias morfosintácticas entre el extremeño y el portugués -además de las léxicas-, son numerosísimas (especialmente con el portugués del Alentejo).

Aunque las semejanzas entre nuestra lengua y el asturleonés son como hemos visto numerosísimas, existe sin embargo otra ristra de elementos que los diferencian y nos acercan más al castellano:

Nuestra lengua del oeste ibérico no conoce la conversión en ll- de la l- en palabras asturianas como llamber, lluz, llombu, lluna o llingua (tampoco el cántabru). En el castúo hablar decimos lambel, lus, lomu, luna y lengua. Según las teorías de filólogos como Alonso Zamora Vicente, es probable que existiera la palatalización de l- (> ll-) en la etapa andalusí, con lo que esta podría haber persistido en estremeñu hasta finales de la Edad Media o principios de la Edad Moderna.

– Tampoco tenemos la forma -iellu/-a como en Asturias y el oeste de León, usamos illu,-a como en castellano, aunque no es la marca preferida para el diminutivo y sí muy común para señalar topónimos: La Hesilla, La Covatilla, reflanzillu, rabaílla (La Dehesilla, La Covatilla, refrancillo, rabadilla). Existen indicios que sugieren la presencia del sufijo illu, –a ya en las hablas andalusíes (antiguo -ellu, -a o -iellu, -a), por lo que esta forma podría haberse traspasado al castellano y al extremeño desde el sustrato mozárabe tras la Conquista.

El sufijo -itu, -a es, probablemente, de origen extremeño o leonés oriental, pues parece haber estado ausente del castellano a principios de la Edad Moderna. Entre los siglos XV o XVI, el sufijo diminutivo preferido en obras como La Celestina es -ico, -a; mientras que -ito, -a ya se encuentra en los escritos de Diego Sánchez de Badajoz en la misma época.

No decimos home, lume, costume, ni semar. La solución que dio el extremeño a estas palabras (procedentes del latín: hominem, luminem, consuetudinem y seminare) fue más semejante a las formas castellanas: decimos ombri, lumbri, costumbri y sembral; habiendo pasado antes todas estas lenguas por un estadio intermedio en -mn- (hominem > homne > home/ombri/hombre), entre la pronunciación latina y la actual.

En asturiano, la elle asturleonesa de antiguas voces como concellu, ollu, cuallu o allu se convierte en ye: conceyu, oyu ~ güeyu, cuayu y ayu (concechu, güechu, cuachu y achu en asturleonés occidental). En estremeñu, este sonido es aspirado y se transcribe con jota: conceju, oju, cuaju y aju.

La antigua equis y los grupos latinos como -ps- o -ls- se desarrollaron en Asturias con una pronunciación semejante al dígrafo sh en inglés: coxu, caxa y puxu. En estremeñu se escriben igual, pero la equis es aspirada como la jota. La i- consonántica generó el mismo sonido en asturiano: xera, xunta y xustu; pero jera, junta y justu en estremeñu.

Además, tenemos rasgos propios de la mitad sur de la antigua Corona de Castilla, presentes también en Andalucía y La Mancha con distinta intensidad y realizaciones, tales como:

– la aspiración de la ese de final de sílaba (estu > *ehtu, esperencia > *ehperencia),

la confusión entre la erre y la ele a final de sílaba (altu > *artu, cuerpu > *cuelpu),

– la conversión en ele o enmudecimiento de la erre final (cantar > cantal/cantá, comer > comel/comé),

– el trueque de consonantes líquidas (parlal > palral, mierla > mielra) y otros.

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